la chica de la caja

 



𝐂𝐚𝐝𝐚 𝐧𝐨𝐜𝐡𝐞, 𝐜𝐫𝐮𝐳𝐨 𝐥𝐨𝐬 𝐦𝐮𝐫𝐨𝐬 𝐝𝐞 𝐥𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐪𝐮𝐞𝐝𝐚 𝐝𝐞 𝐦𝐢 𝐡𝐨𝐠𝐚𝐫.

No tengo claro cómo, pero algo me empuja a caminar, a poner un pie frente al otro hasta llegar a ese pequeño minimarket lugar iluminado que huele a café y cigarrillos.

Siempre llevo el mismo abrigo gris, el único que tengo, y me acerco al mostrador. Veo a la chica tras la caja; siempre está tan cansada, mirando su reloj, aguardando el fin de su turno. Me reconozco en su resignación, en su forma de ignorar a los clientes hasta que piden algo. Le sonrío y ella siempre me devuelve la sonrisa. Y cada noche, pido lo mismo: un frasco de leche en polvo y un frasco de puré de manzana para mi hijo.

Ella me sonrió, Josy, decía su gafete y me dijo el valor a pagar.

Aquella noche fue diferente. No sentía las monedas, no las encontraba; mi abrigo estaba vacío, mis manos temblaban, y la chica debió notarlo, porque me miró con esos ojos llenos de comprensión. Me ofreció el frasco y la leche, y me dijo que podía pagarlo luego, pero yo insistí. Busqué algo, cualquier cosa, hasta que mis manos encontraron el medallón. Era lo último que me quedaba en la vida. 

Ella no quiso tomarlo, pero no podía aceptar irme sin darle algo a cambio. Finalmente, ella me entregó la bolsa y yo le dejé el medallón sobre el mostrador.

Sentí su presencia siguiéndome, su sombra tras de mí, mientras caminaba de vuelta. No importaba cuánto caminara, yo seguía siendo parte de este lugar, y sabía que ella debía verlo.

Al llegar, volví a mi rincón en ruinas, donde me encontraba cada noche junto a mi pequeño, tan tranquilo, tan eterno. Lo vi allí, dormido, envuelto en mantas gastadas, y supe que la chica estaba tras de mí. Sé que me observó con terror y lástima, que vio mi cuerpo frío y quieto en el suelo, pero lo importante era que mirara a mi hijo. Necesitaba que alguien lo viera.

Me acerqué a ella, o eso intenté. No tengo fuerza para susurrarle, pero cuando vi sus ojos mirarlo, supe que lo entendía. La vi recogerlo entre sus brazos, y en ese instante, sentí algo tan extraño, tan parecido a la paz.

Las lágrimas brotaron de mis ojos, uno de los últimos rastros de lo que fui. Mientras ella salía con mi pequeño, supe que él estaría a salvo, y que, aunque mi noche nunca terminara, mi turno estaba cumplido.                               si te ha gustado la historia dejanos un comentario para saber tu opinion


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