los perros tambien lloran
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David era un joven de 19 años que había encontrado en la crueldad su forma de entretenimiento. Con un teléfono móvil en mano, grababa sus atrocidades y las subía a internet, buscando likes y seguidores. Torturaba a los perros que encontraba, disfrutando de su sufrimiento y del pánico que reflejaban en sus ojos. Para él, eran solo objetos, herramientas para alcanzar la fama en un mundo que a menudo premiaba la brutalidad.
Un día, decidió que necesitaba un nuevo "protagonista" para sus videos. Así que se dirigió a una perrera local, un lugar que había sido denunciado por el maltrato animal, pero que aún operaba con la esperanza de encontrar hogares para los perros que allí vivían. David entró con una sonrisa burlona, observando a los animales tras las rejas, sintiéndose como un rey en su dominio.
—Voy a llevarme al más bonito —dijo en voz alta, provocando miradas de desaprobación de los voluntarios que allí trabajaban.
Se acercó a una jaula al fondo, donde un perro de pelaje negro y ojos tristes lo miraba fijamente. Era un animal grande, imponente, pero había una tristeza en su mirada que lo intrigaba. Sin embargo, David no sentía compasión; solo pensaba en cómo podría hacer que ese perro sufriera y entretuviera a sus seguidores.
Mientras el encargado de la perrera le traía el contrato de adopción, David se distrajo mirando su teléfono, revisando sus últimos videos. Fue entonces cuando escuchó un extraño ruido detrás de él. Al girarse, vio cómo varios perros estaban moviéndose inquietos en sus jaulas. Una sensación extraña lo invadió, pero desechó la idea; eran solo animales asustados.
De repente, el sonido se intensificó. Los perros comenzaron a ladrar con desesperación, como si compartieran un secreto oscuro. Y antes de que David pudiera reaccionar, las puertas de las jaulas empezaron a abrirse una tras otra. Los voluntarios gritaron y corrieron hacia los animales, pero era demasiado tarde. Los perros habían encontrado su oportunidad.
El perro negro fue el primero en salir. Con una velocidad sorprendente, se lanzó hacia David, quien retrocedió asustado. Pero no había dónde escapar; los otros perros lo rodearon rápidamente, sus ojos brillando con una mezcla de rabia y dolor.
—¡No! ¡Alto! —gritó David, intentando empujar al perro negro, pero era inútil. El animal se abalanzó sobre él con una fuerza inusitada.
Los otros perros se unieron al ataque, mordiendo y desgarrando la ropa de David mientras él caía al suelo. El terror se apoderó de él al darse cuenta de que estaba atrapado en medio de una manada furiosa. Intentó gritar, pero el sonido se ahogó en su garganta. Las mordeduras eran dolorosas y rápidas; cada vez que intentaba levantarse, más perros se lanzaban sobre él.
En un último intento por escapar, David logró arrastrarse hacia la puerta de salida, pero los perros lo alcanzaron antes de que pudiera llegar. Su cuerpo fue cubierto por un mar de pelaje y dientes afilados. La desesperación llenó el aire mientras los ladridos resonaban como un canto fúnebre.
En cuestión de minutos, el joven que había disfrutado del sufrimiento ajeno fue reducido a un cuerpo sin vida, despedazado por aquellos a quienes había torturado y menospreciado. En el silencio que siguió al caos, solo quedaron los ecos de los ladridos y el viento susurrando entre los árboles.
Los perros habían encontrado su venganza. En esa perrera olvidada por la sociedad, donde el dolor había reinado durante tanto tiempo, ahora se escuchaba un lamento diferente: el lamento de la justicia. Y así, mientras la luna iluminaba el lugar, los perros también lloraron; no solo por su sufrimiento pasado, sino por la liberación que finalmente habían encontrado
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