miércoles, 24 de julio de 2024

MI VERDADERA ENEMIGA

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Título: Mi verdadera enemiga 

Autora: A. R. García - Cuentos 

Desde que nací fui un niño enfermizo. Me enfermé un par de días después de haber llegado al mundo y estuve en el hospital con altas posibilidades de morir, cosa que, milagrosamente, no ocurrió. Dicen que mi madre, todavía con el vientre abultado, se la pasó en la capilla, arrodillada, pidiéndole a Dios que me salvara. Al parecer sus ruegos fueron escuchados, porque me recuperé y pudimos volver a casa. Según me cuentan, mi papá falleció cuando ella tenía seis meses de embarazo, en caso de haberme perdido a mí también, no lo hubiera soportado.

Desde ese día mi mamá se dedicó a mí. Me acunó en sus brazos de día y de noche, me alimentó y siguió mi desarrollo con ojo científico. No se perdió mis primeras risas, mis primeros balbuceos, los primeros intentos que hice para gatear, mis tambaleantes primeros pasos y mis primeras palabras. Siempre fue dedicada, tierna y atenta, pero debo de aceptarlo, también se volvió sobreprotectora. Esa cualidad, por supuesto, la entendía, pues si salía a la lluvia, para la noche ya me estaba muriendo de pulmonía. Si comía fuera de mi casa, sin duda terminaba con tifoidea u otra infección desagradable. 

Dado que mi padre al morir dejó un seguro de vida que incluía una pensión generosa para mi mamá y fondos educativos para mi educación, no existían motivos de preocupación ni distracciones para alejarnos.

Aun así, a los cuatro años me contagié de varicela y a los cinco me dio sarampión. A los siete, en segundo grado de primaria, hubo un brote de hepatitis y, claro está, a mí me afectó también. Conforme crecía yo intentaba independizarme un poco, hacer las cosas por mi cuenta, sin embargo, la vida se encargaba de mostrarme que esa no era una opción para mí. Un día, a los ocho años, un peldaño de la escalera fabricada con madera que nos permita ir de la planta baja al primer piso, en el cual estaba mi habitación, se rompió justo cuando yo iba pasando. Mi pierna se fue para abajo, se raspé toda la extremidad y el impacto de bajada me causó un esguince, me lastimó la cadera y me fracturó la muñeca derecha, pues usando la mano evité caer por el agujero recién formado. 

Terminé de forma temporal en una silla de ruedas, enyesado de la pierna y el brazo. Me la pasé postrado por tres meses y tuve que mudarme por unos días a la habitación de mi mamá, pues mandó retirar la escalera de madera y levantar una de concreto. A los doce años, ya casi terminando la primaria y preparándome para la secundaria, comencé a experimentar unas extrañas crisis emocionales, caracterizadas por unas espantosas pesadillas y un constante semblante nervioso. Me sentía intranquilo y temeroso, aunque no lograba entender por qué. Lo único que me daba calma era estar junto a mi madre. Por ese motivo solicitó un profesor privado que me instruyera para cubrir los tres años de secundaria.

En ese tiempo muchas cosas cambiaron para mí. Me volví un joven callado, tímido, me costaba hablar con otra persona que no fuera mi mamá o el profesor, también me abrumaba la idea de salir, como si mi hogar fuera un refugio y el exterior una zona de peligro. Así pues, opté por continuar la educación en casa, pero el maestro que acudió también tenía programas de visita a museos y fue ahí donde se descontroló todo, ya que en una de esas visitas coincidí con la excursión de otra escuela. Sí bien, sufría de una inmensa introversión, logré hablar con una joven llamada Daniela e, incluso, intercambié teléfono con ella. 

Al principio esperaba a que mi mamá se durmiera para utilizar el teléfono de la cocina y hablar unos minutos con mi amiga, luego le pedí permiso directamente para hacerlo en la sala. Mi mamá dijo que no tenía problema, pero cuando le consulté si podía salir con Dani, su actitud cambió. Quiso saber cuándo, a qué hora pretendía irme, cuánto tiempo y a dónde pasaría a recogerme. También me pidió detalles de lo que haríamos y yo me esforcé por solventar todas sus preguntas. Con mucha reticencia aceptó. No obstante, las salidas se tornaron habituales y con cada una el humor de mi mamá se iba modificando. 

Una mañana, al siguiente día de haber salido con la chica, desperté con un terrible dolor de estómago. Me dolía la cabeza, tenía nauseas y mareos. Mi mamá me llevo al hospital y dijeron que era un cuadro de intoxicación. Me medicaron y estuve en observación por el resto de la jornada. Después de eso, un desfile de enfermedades me impidió ver a mi querida amiga, muchacha por la que mi corazón latía de forma extraña cada que la recordaba. Después de la intoxicación se me inflamaron los intestinos y mi dieta se redujo a líquidos. En menos de una semana bajé cinco kilos y como la cosa se extendió por casi un mes, terminé con el aspecto de un esqueleto.

Lleno de desesperación, le pedí a mi mamá que me llevará al hospital y me internaron al descubrir que estaba presentando una desnutrición acelerada. 

Estuve casi una semana ahí, conectado a sueros y otros liquidos que buscaban restablecer el equilibrio de mi organismo. 

Volví a casa hecho un espectro, pero ansioso por tomar el teléfono y hablar con Daniela. Le conté todos mis pesares y su dulce voz me revitalizó. 

Las cosas parecieron ir mejor, pero entonces, una tarde, al encender la lámpara con el objetivo de charlar con mi querida confidente, experimenté una descarga electrica que nuevamente me mandó al hospital. No lo entendía. Parecía demasiada mala suerte. Permanecí tres días internado y me ordenaron absoluto reposo, un lapso que pasé metido en mi cama, adolorido, charlando con mi madre, la única persona que estaba cerca de mí. Las circunstancias me hundieron en un desánimo enorme, hasta las ganas de hablar por teléfono se me fueron. Cuando Dani llamaba, yo no quería contestar, estaba agotado de un modo inexplicable. 

Claro que... Tenía diecisiete años, no era normal. Así fue como descubrí lo que pasaba y la verdad me horrorizó.

Baje un domingo a la cocina, ya no quería comer en mi cama. Escuché el movimiento de los trastes y no hice ruido, quería sorprender a mi madre, sin embargo, el sorprendido fui yo. Mi mamá tenía sobre la barra de la cocina un montículo de medicamentos que machacaba y ponía en mi plato, en mi vaso de jugo y en la mantequilla de mi pan. Observé frascos de analgésicos, antiinflamatorios, antibióticos, antidepresivos y tabletas de nombres impronumciables. Cuando terminó de mezclar todo, lo puso en una bandeja y dio vuelta para llevármelo. En cuanto notó mi presencia, las cosas se le cayeron de las manos y el estruendo nos paralizó. Ella miró la barra, intentó ocultarlo, excusarse, pero yo lo vi todo. 

—¿Qué haces, mamá? —Pregunté con incredulidad. 

Mi madre no supo qué contestar, pero a mí el miedo me dominó, lo único de lo que estaba seguro era de que debía alejarme de esa casa. Di pasos vacilantes hacia la puerta y de un salto mi mamá me derribó, se puso a llorar, luego me suplicó que no me fuera y que no lo volvería a hacer. 

—¿No vas a volver a hacer qué?

—No volveré a lastimarte, hijo, no volveré a causarte accidentes ni a electricutarte. Te juro que no te daré nada que te haga daño, tiraré los frascos, pero no te vayas, no me dejes. 

La vida se aclaró, ella sola confesó. Subí a mi cuarto, le pedí que me preparara algo para cenar y mientras ella se esforzaba por cocinar lo más delicioso que pudiera, yo salí de la vivienda. Me arrastré hasta la oficina policíaca y acompañé a los oficiales de regreso. Durante todo el camino rogué que fuera un malentendido, un error, un delirio.

No fue así, llegué para encontrar a mi mamá desesperada. Al verme corrió a abrazarme, yo me retiré y los agentes la sujetaron. 

—¿Qué hiciste? ¡¿Qué hiciste?! ¡Soy tu madre! 

—Esto está mal, mamá, entiéndelo. Está mal —le dije.

—No, no te van a apartar de mí, no me importa lo que deba de hacer. Te vas a quedar conmigo, a mi lado, para siempre. No te puedes ir con esta gente ni con la asquerosa esa que te llama. Eres mi hijo, debes quedarte conmigo siempre. ¡Quédate conmigo! Porque si intentas irte, haré llegar que sea, óyelo bien, lo que sea, romperé todas las escaleras por las que pases, rasgaré todos los cables eléctricos, te quitaré la vida si es necesario. Así te quedarás siempre conmigo, mi niño. 

Aquella perorata enloquecida firmó la sentencia de mi madre. Se la llevaron entre gritos y rasguños. La enjuiciaron. En la casa hallaron medicina que no debía de tener a menos que un médico se la ordenara, también poseía recetas falsificadas y unas cajas de medicamentos para animales. Sufrí tanto. Me dolió en el alma descubrir tal engaño. Padecí demasiado antes de superarlo, no obstante, un día, de repente, las cadenas se cayeron. El dolor disminuyó y, gracias al cielo, Daniela me acompañó.

Dani, la más dulce pieza de este aterrador rompecabezas, una luz en mi negro camino, una joven maravillosa a quien acompañé en los estudios, me acompañó en los míos y, eventualmente, se convirtió en mi esposa.

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jueves, 18 de julio de 2024

DEMONIOS

 

buenas noches moradores del ático vamos a trata run poco sobre el origen de los demonios ya sabéis poneos cómodosy disfrutad de su lectura.

En religión, ocultismo y folclore, un demonio (del griego δαίμων daimôn)1 es un ser sobrenatural descrito como algo que no es humano y que usualmente resulta malévolo. Sin embargo, la palabra griega original δαίμων es neutral y no contiene una connotación necesariamente negativa.

un demonio es considerado un "espíritu impuro", el cual puede causar una posesión demoníaca y puede ser expulsado por el ritual del exorcismo.

En el ocultismo de Occidente y la magia renacentista (una mezcla de magia greco-romana, demonología judía y tradición cristiana3), un demonio es una entidad espiritual que puede ser conjurada y controlada. En la literatura muchos de los demonios fueron ángeles caído

En el lenguaje común, para desacreditar a una persona se la «demoniza» (o «sataniza»).


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martes, 16 de julio de 2024

CONFIANZA



 -Que niño tan confiado- era el pensamiento de ese consumado pederasta... Al cuál llevaba de la mano desde hace ya varias manzanas a un pequeño niño de unos seis años, al cuál le había prometido dulces y ver a los cachorros de su perrita husky.


Era muy platicador y para nada desconfiado, solamente una ocasión le pregunto que si ya iban a llegar a la casa dónde estarían las cosas prometidas.
-Éste maldito sujeto creé qué voy a ser una presa fácil- pensaba el aparente niño tomado de su mano de éste hombre, los cuáles; a simple vista parecían padre e hijo.
Ya se estaba empezando a impacientar porque no llegaban al lugar que le contó el hombre.
Al llegar a la casa lo hizo pasar a un cuarto, con palabras empalagosas, pero al ver que nada de lo prometido se encontraba ahí, volvió la cara y enseñando los dientes, los cuales dejaron de ser normales ahora eran largos y puntiagudos, la estatura del mismo de escaso metro y veinte centímetros, llegó a pasar de los dos metros en un abrir y cerrar de ojos.
Eso fue lo último que vio este sujeto, no se volvió a ver a éste tipo, ni al niño que iba caminando de su mano.
Abraham Ruiz

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VAMPIRA


lunes, 15 de julio de 2024

EL ULTIMO AUTOBUS DE LA NOCHE

 Una noche, subí al último autobús de la noche, y solo éramos 5 o 6 personas a bordo. A medida que avanzábamos y se aproximaban las últimas 3 paradas, solo quedamos un hombre mayor y yo. El conductor decidió hacer una parada para cargar gasolina, y durante ese breve descanso, el otro pasajero y yo entablamos una animada conversación. 

El hombre compartió detalles de su vida, incluyendo el dolor de haber perdido a su esposa, anécdotas de sus hijos y nietos, y la razón por la que siempre tomaba el último autobús; su recorrido terminaba en la última parada. La conversación fue amena, y aunque era la primera vez que nos encontrábamos, parecía como si nos conociéramos de toda la vida.

Finalmente, decidí bajarme en la antepenúltima parada y me despedí del hombre. En esa semana, tomé el último autobús varias veces debido a la carga de trabajo adicional en la oficina. En mi último día de viaje, decidí hacer algo inusual y lo invité a casa. Me agradaba la compañía de este desconocido, era un hombre educado y contaba historias fascinantes sobre nuestra ciudad, algunas de las cuales eran difíciles de creer. 

Le proporcioné mi dirección y número de teléfono, y me despedí con la promesa de que nos volveríamos a ver. Sin embargo, los días pasaron, y el hombre nunca llamó ni se presentó en mi casa.


Una noche, el destino me llevó de nuevo al último autobús de la noche, y allí estaba el hombre mayor. Nuestra emoción al vernos nuevamente fue evidente. Le pregunté por qué nunca había venido a casa, y su respuesta me sorprendió: le resultaba difícil moverse solo por la ciudad. 

Me entristeció saber que tenía dificultades para desplazarse y se estaba perdiendo la oportunidad de una visita. Decidí preguntarle dónde lo podía recoger para llevarlo a mi casa. Anotó una dirección en un papel y luego tocó el timbre para bajar.

Algo me pareció extraño; esa no era su parada habitual. Cuando el hombre se fue, le pregunté al conductor quién era ese pasajero. Sin embargo, el conductor me miró con sorpresa y dijo que no había más nadie aparte de nosotros dos en el autobús. Insistí, preguntándole por qué había parado el autobús, y él respondió que yo mismo había tocado el timbre para solicitar la parada.

Finalmente, llegué a mi parada, y miré la dirección que el hombre había anotado en el papel. Sorprendentemente, se correspondía con el Cementerio Central de la ciudad, seguido de un número que claramente no tenía relación con una dirección convencional. En mi día de descanso, decidí visitar el cementerio, buscando la tumba con el número 602 que aparecía en el papel. Cuando encontré la tumba, estaba en un estado de abandono y descuido. Leí el nombre de la persona enterrada allí, lo cual me dejó pensativo.

En otra ocasión, en una noche en la que decidí tomar el último autobús de nuevo, no vi al hombre en su asiento habitual. Pregunté al conductor por él, pero me sorprendió la respuesta. Me dijo que nunca había visto a tal persona, pero muchos pasajeros como yo aseguraban haber hablado con él. 

Según la creencia popular, este hombre siempre viajaba en el último autobús de la noche. Según el relato del conductor, una vez este pasajero falleció mientras viajaba, pero no se dio cuenta. Al día siguiente, cuando se dispuso a comenzar su recorrido, encontró al hombre aún sentado en su asiento, sin vida.

A partir de ese incidente, varios pasajeros afirmaron haberlo visto y conversado con él. Sin embargo, cuando alguien entablaba una conversación con él y conocía su historia, desaparecía por un tiempo, pero siempre volvía.

No volví a ver a este enigmático personaje en el último autobús de la noche.


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CASTILLO REAL DE BLAD TEPES (DRACULA)



Fotografía tomada en1920





LA VENGANZA DE DOÑA SOLEDAD





 En un pequeño y olvidado pueblo, vivía una anciana llamada Doña Soledad. Había pasado la mayor parte de su vida en soledad, ignorada por los habitantes del pueblo que la veían como una figura excéntrica y extraña. No siempre había sido así; en su juventud, Soledad era una mujer llena de vida, casada con un hombre a quien amaba profundamente. Juntos tenían una hija, su mayor tesoro.

Sin embargo, la tragedia golpeó a la familia cuando un incendio, del que nunca se descubrió la causa, arrasó su hogar. Su esposo murió tratando de salvar a su hija, pero ambos perecieron en las llamas. Doña Soledad quedó sola, su corazón roto y su espíritu marcado por un dolor profundo y una ira inextinguible hacia el pueblo que no hizo nada por ayudarlos.

A medida que pasaban los años, la anciana se fue retirando del mundo, sus visitas al pueblo se volvieron menos frecuentes, y su figura encorvada y cabellos grises se convirtieron en una presencia rara pero inquietante. Los niños la evitaban, y los adultos hablaban de ella en susurros, creyendo que estaba loca o incluso que practicaba magia negra.

Un día, el pueblo comenzó a experimentar fenómenos extraños. Las luces parpadeaban sin motivo, las sombras parecían moverse por su cuenta, y un escalofrío constante envolvía las calles. Una noche, un joven que había sido particularmente cruel con Doña Soledad en su niñez, desapareció sin dejar rastro. Esto fue solo el comienzo.

Los habitantes empezaron a tener visiones perturbadoras de una mujer en llamas, con un rostro retorcido por el dolor y la ira. Las pesadillas se volvieron insoportables, y la sensación de ser vigilados se hizo constante. Poco a poco, el miedo se apoderó de todos, y las casas que alguna vez estaban llenas de vida ahora parecían tumbas vacías.

El sacerdote del pueblo decidió enfrentar a Doña Soledad, convencido de que ella era la fuente de los males. Reuniendo a algunos valientes, fue a su destartalada casa en las afueras del pueblo. Al llegar, encontraron a la anciana en su cama, su cuerpo frágil e inerte. Parecía haberse ido tranquilamente, pero su rostro tenía una expresión de paz, como si finalmente hubiera encontrado el descanso.

Sin embargo, en la habitación encontraron un diario que contaba la historia de su sufrimiento, de la pérdida de su familia y del dolor que el pueblo le había causado. Las últimas palabras del diario eran una maldición: "Que el dolor que he soportado caiga sobre ustedes, que el sufrimiento sea su compañía eterna."

El sacerdote y sus acompañantes, horrorizados, intentaron destruir el diario, pero las palabras ya estaban grabadas en sus mentes. A partir de ese día, el pueblo quedó marcado por la tragedia, y los descendientes de aquellos que habían ignorado el sufrimiento de Doña Soledad vivieron con el constante recordatorio de su venganza.

El pueblo se convirtió en un lugar desolado, donde el viento susurraba historias de una mujer rota por el dolor, cuyo espíritu nunca encontró paz. La leyenda de Doña Soledad se transmitió de generación en generación, un recordatorio de que el sufrimiento ignorado puede convertirse en una fuerza imparable, reclamando venganza desde el más allá


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LA PROCESION



 Esta leyenda tiene lugar en valle de Santiago, Guanajuato. El lugar no es muy grande y tiene dos calles principales, una que va de norte a sur y otra que va de este a oeste. Como todos los pueblos tienen al menos una iglesia principal. 

En valle de Santiago se dan mucho las procesiones hacia la iglesia del denominado Santo por parte de la gente de los pueblos, haciendas y rancherías circunvecinas, por lo que los pobladores ya están acostumbrados. 

Sin embargo hay una procesión muy singular que dicen que pasa después de la medianoche, y según la creencia, son almas en pena que buscan consuelo. Una chica escuchó esta leyenda y quiso comprobarla , así que pasó la noche en vela en su ventana que daba la calle principal, esperando ver aquello que contaban. Estaba a punto de dormir cuando de repente escuchó pasos, cantos y vio pasar la procesión,  pero a ella no le pareció nada anormal. 

Como es costumbre, algunos peregrinos que vienen desde muy lejos se toman un tiempo de descanso y un peregrino se acercó a la muchacha para pedirle un vaso de agua, lo cual la joven hizo con gusto. Mientras El peregrino tomaba agua le pidió a la chica que si podía sostener el cirio que llevaba, al tomarlo, El peregrino comenzó a alejarse no sin antes decírle que al día siguiente volvería por él, así que la joven simplemente lo guardó y se fue a dormir.

Al otro día se llevó una gran sorpresa al ver que el cirio no estaba, y  en su lugar se encontraba un hueso humano al que se le conoce como canilla.Asustada fue a la iglesia a pedirle ayuda al cura, el cual le dijo que tenía que cumplir lo acordado con aquel peregrino, ya que se trataba de un alma en pena, y si no cumplía se podría venir sobre ella una gran condena. La joven tuvo que cumplir con lo acordado de cuidar y devolver eso de vuelta a a su dueño. Estuvo todo el día haciendo diferentes cosas para no recordar lo que tenía que hacer llegando la noche.

Cuando la oscuridad cayó la joven se sentó de nuevo en su ventana y se dispuso a esperar la procesión, para así librarse de aquel macabro compromiso. La mañana llegó y la madre de la chica se encontró con una  imágen espantosa, su hija tenía en su rostro reflejado el más puro horror y se encontraba  aferrada a los barrotes de la ventana. Desde ese día la muchacha no volvió a hablar y su mirada siempre estuvo perdida hasta el día de su muerte.



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sábado, 6 de julio de 2024

MONSTRUO

 


EL PUEBLO DONDE NADIE PODIA MORIR




 Mi trabajo como periodista requiere que viaje constantemente. Una parte de ese trabajo consiste en publicar una columna con mitos y leyendas de pueblos pequeños. No se trata de una labor objetiva en el mundo del periodismo, pero lo disfruto mucho. O al menos así era hasta que me topé con un pueblo llamado Madero Argento. Como versaba el mito, a nadie se le permitía morir en este sitio.

Lo hice mucho antes de que existiera Google Maps. Para llegar al pueblo tuve que confiar en las instrucciones que me proporcionó la fuente. Algo dentro de mí me decía que se trataba de una broma, pero la columna en el periódico trataba precisamente de esto: comprobar o refutar la información.

Preparé todo para el viaje, y tras varias horas conduciendo me encontré en un camino oculto, sucio y sin mantenimiento. Tras más de tres horas avanzando por esta ruta encontré un viejo letrero de madera, la primera señal de civilización.

“Madero Argento. Retorne ahora”, se leía.

A la distancia, observé lo que parecía una antigua comunidad de labranza. Era un pueblo pequeño con escasas construcciones que lucían deterioradas, así como tractores y camiones completamente oxidados y abandonados.

A simple vista parecía un pueblo fantasma. Estacioné el carro a orilla de carretera y me dispuse a declarar el mito una auténtica estafa. Sin embargo, escuché que alguien me hablaba.

“¿Por qué has venido?”, espetó una voz débil.

Inmediatamente busqué el origen de la voz. Era un anciano de apariencia frágil que se apoyaba sobre un bastón. Estaba completamente calvo y no tenía un solo diente en la boca.

“¿Quién eres?”, le pregunté.

En medio de una situación ligeramente incómoda, decidí presentarme.

“¿Por qué estás aquí?”, respondió.

Le mencioné que era un cazador de mitos y leyendas, y llegué hasta ese lugar gracias a las indicaciones proporcionadas por una fuente anónima.

El hombre lanzó un suspiro. “La ignorancia es una bendición, pero ya que has venido… tendrás aquello que viniste a buscar”.

En ese momento me percaté de que el anciano tenía la pierna rota. La arrastraba mientras cojeaba con mucha dificultad. Pero lo más extraño era su piel, cubierta por arañazos que parecían recientes.

“¿Estás bien?”, le pregunté con cierto nerviosismo. Simplemente ignoró la pregunta e hizo gestos para que lo siguiera.

“¿Vives solo en este sitio?”

“No, hay otras personas”.

En el suelo observé un pájaro con el torso desgarrado y los órganos expuestos. Aparentemente lo mató un gato o perro. Sin embargo, aquel animal intentó moverse a pesar de sus graves heridas.

“El pájaro está… está…”, intenté decirle.

El anciano observó al animal con desdén.

“Aquí está prohibido morir. No se permite que nada muera”, respondió.

Lo seguí hasta el interior de una casa antigua. Tan pronto como atravesé el marco de la puerta principal, un hedor a carne podrida asaltó mis fosas nasales.

Una docena de personas, con diversos tipos de mutilación, estaban esparcidas en la sala. Sin embargo, seguían respirando. Vivían con heridas que habrían matado a cualquier ser humano.

Se demostró la veracidad del mito, aunque yo no podía creerlo.

“¡Debemos solicitar ayuda!”, dije mientras observaba a un hombre cuyos huesos de la mano sostenían unos cuantos colgajos de piel.

“Eso sólo empeoraría la situación”, respondió el anciano.

Saqué el teléfono completamente dispuesto a llamar a emergencias. Sin embargo, en aquel remoto lugar no tenía una sola barra de señal para solicitar ayuda.

“Siéntate, vamos a platicar”.

Completamente avasallado por lo que veía, no logré encontrar las palabras para formular un argumento coherente.

“Has venido para conocer la historia de Madero Argento, y te la voy a contar”, dijo el anciano.

Me senté y observé a todas aquellas personas sufriendo en ese lugar. La mayoría tenía heridas tan terribles que ni siquiera les permitían hablar, y se limitaban a emitir gemidos de agonía en el lugar donde estaban sentados. Cada herida parecía reciente, como si se las hubieran hecho ese mismo día.

“Desde la fundación de este pueblo en 1911, nos desempeñamos como una típica comunidad agrícola. Un pueblo pequeño que no es de mucho interés para los visitantes. La mayoría nacimos y crecimos en este lugar, por lo que esas extrañas ocasiones en que alguien nos visitaba se armaba un revuelo. Era motivo de celebración”.

El hombre se detuvo un instante para observar su pierna rota.

“Entonces, en 1956 un hombre llegó a Madero Argento. A bordo de un auto de lujo y vestido con finas prendas, contrastaba demasiado con el modesto estilo de nuestro pueblo. Dijo que no venía a hacer negocios y mucho menos establecerse en la región. Simplemente quería vivir un año en nuestra comunidad. Además, prometió que cuando su visita terminara nos obsequiaría algo que jamás olvidaremos”.

Apenas terminó de hablar el anciano, escuché unos débiles gritos provenientes del exterior. Eran terriblemente roncos y transmitían una sensación indescriptible de agonía.

“Jamás dijo mucho. Se limitó a observarnos mientras continuábamos con nuestra rutina diaria, y siempre estaba dispuesto a ayudar. Se mostró como una persona educada y servicial, por lo que en el transcurso de un mes ya lo considerábamos parte de la comunidad. Pero, siempre vestía aquel maldito traje que parecía ajeno a los elementos externos. Con lluvia o bajo un terrible calor, el hombre se mostraba tranquilo y lucía impecable”.

Los gritos afuera se intensificaron. En medio de aquel suplicio distinguí algunos ruegos de piedad.

“Después, cuando terminó su año en Madero Argento nos hizo una pregunta muy simple”.

“¿Qué pregunta?”, le dije.

“¿Quieren vivir para siempre?”.

Se detuvo un instante y volvió a suspirar. Los gritos del fondo parecían intentar llamar mi atención, como si supieran que estaba allí.

“En un primer momento nos reímos de la propuesta. Aunque la muerte no era nuestra enemiga, tampoco la queríamos cerca. Tras un extenso debate, el pueblo decidió llevar la respuesta a votación. Ya puedes ver lo que elegimos”.

Me aproximé a la ventana intentando averiguar el origen de los gritos. Quería salir corriendo de ese lugar, pero algo en mi interior me lo impedía. Sentía una profunda lástima por la gente de Madero Argento, y realmente pretendía ayudarlos.

“¿Entonces, vivirás para siempre?”.

El anciano asintió. “Prometió que nuestros cuerpos se mantendrían siempre jóvenes. Desgraciadamente, cuando el paso del tiempo dejó de afectarnos perdimos la capacidad de sentir sed, hambre y la necesidad de dormir. Somos inmunes a las heridas, enfermedades o destrucción. Pero no podemos sanar. Cada una de las lesiones que sufrimos, sin importar lo pequeña o grave que sea, se quedará con nosotros hasta el fin de los tiempos. Esa es nuestra maldición”.

“¿Qué sucede con la gente que grita?”, le pregunté.

Suspiró nuevamente. “Vienen del granero. Ahí es donde mantenemos a las personas que quieren salir”.

“¿Salir? ¿A dónde?”.

“Algunos creyeron que podían escapar a la maldición. Destruyeron sus propios corazones y otros se aplastaron la cabeza. Estaban equivocados. No pueden morir, no se les permite hacerlo”.


“¿Hay algo que pueda hacer para ayudarte? ¿Existe alguna forma de detener esto?”, pregunté.

Soltó una carcajada. No fue una risa alegre, sino de malicia.

“¿Detener? ¡No buscamos que se detenga!”, dijo. “Hace diez años, el mismo hombre que nos maldijo regresó al pueblo. No envejeció un solo día, y todavía mostraba aquella sonrisa alegre al saludar. Nos ofreció la muerte, liberar nuestras almas y salvarnos de esta terrible vida”.

“¿Por qué no aceptaron?”.

Se detuvo y la sonrisa se esfumó de su rostro.

“Porque nos contó lo que sucede después de la muerte. Y te puedo asegurar que es un destino mucho más terrible al que estamos condenados”.



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