miércoles, 7 de noviembre de 2018

EL CASO DE DANIELA













La mirada penetrante de Daniela era de odio, cómo si sus ojos enrojecidos fueran a estallar en cualquier momento dispersando sangre por doquier.

A la vez, Daniela profería blasfemias contra lo divino con una voz ronca y agresiva cuyo solo recuerdo me hace estremecer. Su piel era áspera y estaba cubierta de llagas; su cabeza mostraba apenas unos cuantos cabellos y el hedor que provenía de su cuerpo provocaba náuseas. El caso de Daniela es uno de los más interesantes que he testificado.

Raquel, una madre de familia de clase media alta, llegó un día muy afligida a mi oficina para compartir conmigo la terrible pesadilla que se vivía en su casa en los últimos meses.

Juan Ramón, necesito entender qué le sucede a mi hija Daniela. Creo que me estoy volviendo loca. Mi hija tiene veinticuatro años, es egresada de la facultad de administración de empresas y siempre ha sido una hija ejemplar. Nunca ha tenido problemas con nadie, pero desde hace siete meses empezó a cambiar.

Raquel apenas lograba contener las lágrimas.


Primero se volvió solitaria y huraña, y ella no era así —continuó—. Posteriormente, al paso de unas semanas, empezó a dejar de comer y de dormir y se quejaba de fuertes dolores de cabeza y mareos, por lo que la llevé con un médico, pensando que estaba embarazada. Resultó que no.

Después los doctores la programaron para una larga serie de estudios, pues pensaban que su enfermedad provenía del sistema nervioso central. También le han practicado infinidad de estudios sicológicos.

Tras una pausa durante la cual permaneció con el rostro entre las manos, Raquel reanudó su relato.

La situación me alarmó aún más cuando comenzó a ser agresiva conmigo, con Carlitos, su hermanito de diez años, y con mi tía Ángela, con quien vivimos. Semanas más tarde su cabellera se empezó a caer: cuando se bañaba quedaban en el piso puñados de cabellos.

Esto la motivó a no salir de la casa, porque se avergonzaba, más cuando empezaron a brotarle en todo el cuerpo unas horribles llagas que segregaban pus maloliente.

Y los médicos, ¿qué dicen?

Nada concreto. Hemos recorrido toda clase de hospitales de especialidades médicas, le han hecho estudios y más estudios y no han logrado desentrañar qué enfermedad corresponde a sus síntomas. Estoy desesperada. La sirvienta de una amiga me dijo que mi hija tal vez esté poseída.

No estoy segura de creer en esas cosas, pero uno de los médicos que la han atendido me recomendó en forma confidencial que la llevara con un brujo. Al principio pensé que se burlaba de mí, pero me lo dijo en serio. Mire, Juan Ramón, nosotros somos una familia católica, pero no sé qué pensar.

Raquel no pudo contener más la angustia y un llanto desesperado se apoderó de ella.

Por favor, Juan Ramón, ayúdeme a entender qué le ocurre a mi hija. Lo he escuchado hablando de estas cosas, pero estoy tan confundida que no sé qué hacer.

Acordamos que iría a su casa a conocer más de cerca la situación. Al día siguiente llegué a una casa de dos niveles construida en una zona exclusiva de la ciudad, Raquel me abrió la puerta y, muy angustiada, me dijo:

Qué bueno que llegó. Precisamente ahora Daniela tiene una crisis.

Me condujo inmediatamente a la habitación de la joven, en el primer nivel. Un olor penetrante, parecido al amoniaco, se dejó sentir, acompañado de una baja considerable de la temperatura. Daniela se encontraba postrada en la cama. Daba miedo sólo de verla.

Imaginen la espeluznante escena. Una mujer joven, extremadamente delgada, sin cabello y deformada por una gran cantidad de llagas en cuerpo, amarrada de manos y pies a la cama con pedazos de tela y emitiendo potentes sonidos guturales parecidos a los de una bestia.

Dany, hija, no hagas eso. Me asustas, mi amor.

La joven reaccionó de inmediato a lo que decía su madre y volteó a verla. Se dirigió a ella con una horrible voz, grave y cavernosa.

¿Te asustas, pin…vieja? ¡Si no has visto nada! ¡Ja, ja, ja, ja!

No puedo negarles el impacto y el susto que experimenté al presenciar esto. Tomé una Sagrada Biblia que se encontraba sobre una pequeña mesita de computadora, la abrí rápidamente y al buscar el salmo noventa y uno con intención de hacer oración, Daniela, enfurecida, se dirigió a mí.

¿Y tú qué haces aquí, pen…? Mejor lárgate porque te voy a matar junto con esta vieja y su pin… hijo. ¡Ja, ja, ja, ja, ja!

Traté de sobreponerme al temor y sin hacer caso inicié la oración. La casa comenzó a tronar e invité a Raquel a que se uniera a la oración. Daniela comenzó a balbucear palabras que no entendí; pertenecían a una lengua o idioma que yo desconocía.

Cuando terminamos de orar, Daniela se desmayó y nos acercamos a ella para reanimarla. Raquel salió por alcohol, me dejó solo con la joven y un frío estremecedor recorrió mi espalda. Más tarde logramos regresar a la joven.

Daniela despertó y en seguida comenzó a llorar, manifestando que le dolía mucho la cabeza. Su madre la tranquilizó, le hizo saber que el doctor no tardaría y le dijo que tratara de descansar. Era notable el débil estado físico que presentaba la chica.

En mi cabeza reinaban la confusión y el miedo. Recordaba la voz y la apariencia de Daniela y venían a mi mente escenas de la famosa película El exorcista, que ofrecía similitudes con lo que acababa de presenciar.

Al llegar, el médico la revisó y dijo que era necesario hospitalizarla. Previa autorización de su madre, solicitó una ambulancia y aplicó a la joven un sedante para que se durmiera. La ambulancia la condujo a un hospital y antes de retirarme acordé con Raquel que buscaría ayuda para su hija.

Tres días después recibí una llamada de Raquel, quien me dijo que Daniela estaba recibiendo alimentación por sonda y respondía perfectamente. Ese no era el motivo principal de la llamada.

Muy intrigada, me informó que en su casa empezaban a manifestarse cosas extrañas, como ruidos en las noches; que su hijo, su tía y ella no lograban conciliar el sueño; ocasionalmente se percibía en la casa olor a podrido y, lo que más los había asustado, detrás de un cuadro había aparecido una mancha que formaba la cara de lo que parecía ser un demonio.

Eso me extrañó mucho. Le pregunté si podía visitar la casa para constatar el fenómeno y accedió, así que horas más tarde me presenté en el lugar. Me recibieron la tía Ángela, señora de edad avanzada, y Carlos, hijo pequeño de Raquel.

Pregunté a la señora dónde estaba la mancha y me condujo a un pasillo de la planta baja, donde también se encontraba la mesita del teléfono. Justo arriba de la mesita, en el muro, había un cuadro que mostraba un payaso. Me dispuse a descolgar el cuadro y la anciana prefirió irse, así que me quedé con Carlitos.

El lugar era extraño, por lo menos con un ambiente diferente del resto de la casa. Se sentía un poco de frío, pero lo que más llamó mi atención fue que se respiraba un olor nauseabundo, muy parecido al que expedía en momentos de crisis el cuerpo de Daniela. Mientras tomaba algunas fotografías, Carlitos miraba asombrado la horrible cara marcada en la pared. Efectivamente, parecía la cara de un diablo.

Oye, Juan Ramón, ¿por qué salió esa cara en la pared? —me preguntó el niño.

No sé. Tal vez sea una mancha de humedad.

No, tú me quieres engañar. Yo sé que esa es la cara de alguien muy malo.

¿Cómo sabes eso, Carlitos?

Porque un ángel me lo dijo.

Carlitos me asombró con ese comentario. Minutos más tarde me dirigí con él a la sala y en el trayecto me dijo:

Sí, el otro día, cuando ya me iba a dormir, me vino a visitar un ángel. Me dijo que alguien muy malo estaba en la casa y se quería llevar a mi hermanita Dany.

Lo más seguro es que lo hayas soñado, Carlitos. ¿No crees?

No, vino y además me dijo lo que tenía que hacer para que mi hermanita se compusiera.

¿Y qué te dijo?

Me dijo que anotara algo que mi mami tenía que comprar para bañar con eso a Dany.

—¿Y lo anotaste?

—Sí. ¿Quieres ver?

Le dije que me interesaba mucho ver lo que había anotado. Estaba seguro de que el niño estaba confundido o estaba tratando de llamar la atención. Carlitos trajo de su habitación una hoja de cuaderno y me la mostró.

Vaya sorpresa que me llevé al leer lo que Carlitos había anotado. Aún con la letra no muy legible de un niño de diez años, logré entender las siguientes palabras:

-Agua bendita.

-Ruda.

-Albahaca.

-Alcanfor.

-Pirul.

Me le quedé viendo al niño. No era común que alguien como él conociera tales yerbas. Entonces dijo:

Tú tampoco me crees, ¿verdad?

¿Alguien más no te ha creído? —le pregunté.

Sí, mi mami me dijo que no inventara cosas.

En ese momento llegó Raquel, que venía a cambiarse de ropa y regresaría al hospital para estar con su hija.

Juan Ramón, pensé que ya no lo alcanzaría. Figúrese que Dany se está recuperando. Dice el doctor que si todo va bien me la podré traer a la casa el próximo sábado. Y dígame, ¿qué opina de esa horrible cara de la pared?

Bueno —repuse—, no parece obra de la casualidad, lo que hay ahí es un rostro muy bien marcado. ¿Cómo se dieron cuenta de que esa cara estaba detrás del cuadro?

Casualmente. Una de estas noches se escuchó un ruido, como si algo se hubiera caído. Pensé que había ocurrido en el cuarto de Dany, pero al entrar la vi dormida y todo en orden. Al llegar al pasillo sentí un frío terrible y como si alguien me estuviera observando.

Encendí la luz y me di cuenta que el cuadro del payaso se había caído. Yo estaba más dormida que despierta, así que lo puse sobre la mesa del teléfono y me fui a la cama. Al día siguiente la tía Angela, muy alarmada, me dijo que había una cara de diablo en la pared y me preguntó si alguien la había pintado.

Rápidamente fui a ver y, créame, un escalofrío recorrió mi cuerpo.

Mientras lo decía, la piel de los brazos de Raquel se erizó.

La verdad, me dio mucho miedo. Primero supuse que alguien había pintado esa cara para asustarnos. Pero, ¿quién? Dany, pobrecita, con su enfermedad no hubiera podido hacerlo; además, no sale de su cuarto. Carlos es muy pequeño para alcanzar la altura del cuadro. Mi tía tampoco, es una anciana muy religiosa que no se atrevería a hacer eso.

Y yo, sólo loca lo hubiera hecho. Así que nadie pudo haber pintado esa figura. Qué raro, ¿no?

Ese cuadro, el del payaso, ¿cómo lo adquirió? —le pregunté.

Es un óleo que mi esposo y yo compramos antes de divorciarnos. Ahora que me lo pregunta, fue curioso cómo nos hicimos de él. Un día pasamos por un bazar y, como a mi esposo le gustaban las antigüedades, entramos y vimos muchas cosas interesantes.

Lo curioso fue que, al hallarme por primera vez frente al cuadro, algo me dijo:

“Llévame contigo, aquí estoy muy solo”.

Se lo mencioné a mi esposo y él sólo se rió, creyó que era una argucia mía para que me lo comprara. No vaya a pensar que estoy loca, Juan Ramón, pero ese pensamiento me llegó a la mente en cuanto vi la pintura. No le di importancia, el cuadro es un óleo pintado en los años cincuenta, y según el dependiente del bazar fue la última obra de su autor, quien se suicidó.

Después, otra cosa curiosa. Era muy barato, más barato que cualquier otro cuadro de los que había en el bazar. Eso nos llamó mucho la atención. Le pregunté al vendedor por qué lo vendían tan barato y respondió que durante años nadie se había interesado en él y ahora lo estaban rematando. Así fue como ese cuadro llegó hace tres años a la casa.

Raquel dio unos pasos por la habitación, pensativa.

Al poco tiempo de que lo compramos, mi esposo y yo comenzamos a llevarnos muy mal. Después de veinticinco años de matrimonio, un día mi esposo me dijo que ya no me quería y nos divorciamos. Él nos abandonó, nunca nos concedió una pensión y no hemos vuelto saber de él. Su familia me aborrece y he preferido dejar las cosas como están.

No sé por qué siento como si ese cuadro hubiera tenido que ver con la ruptura de mi matrimonio. La tristeza de ver destrozado mi hogar, la idea de que mis hijos se habían quedado sin padre y el hecho de que él no se preocupara por ellos, me mantuvieron la mente ocupada.

Me ha costado mucho trabajo aceptar mi divorcio, tal vez por ello dejé de pensar en ese cuadro. Y en realidad no creo que un cuadro pueda tener poder para generar dificultades en una casa.

¿Sabe, Raquel? Sin afán de espantarla o preocuparla, he sabido de casos en los cuales se habla de demonios que entran a ciertos objetos, por alguna causa especial. No estoy afirmando que este sea el caso, pero ya habrá tiempo de investigarlo.

Le pregunté en seguida sobre lo que Carlitos decía respecto de la supuesta aparición del ángel y el remedio que le había recomendado.

Raquel se dirigió al niño.

¿Otra vez con eso, Carlitos? Ya te dije que lo soñaste.

Raquel —dije interrumpiéndola—, ¿ya se dio cuenta de lo que el ángel le dictó a su hijo?

Sí, Juan Ramón, palabras que no se entienden.

Mire, Raquel, obsérvelas bien, trate de descífralas y verá que se refieren al agua bendita y a ciertas plantas medicinales.

Es cierto —mencionó asombrada al desentrañarlas.

Después ordenó al niño que subiera a su cuarto a hacer la tarea.

Preferí que Carlitos nos dejara solos porque es un niño muy listo, capaz de inventar cualquier cosa para llamar la atención.

Raquel, ¿usted cree que su hijo lo haya hecho para llamar la atención? ¿De dónde sacó esas palabras? Son nombres de yerbas y tienen mucha lógica con lo que en esta casa se está viviendo, ¿no cree?

La verdad, ya no sé qué creer. Igual las escuchó en la televisión o en otro lugar. Lo único que quiero es que mi hija se recupere.

Raquel, ¿por qué no lo intenta? Hágale los baños a su hija con esas plantas y el agua bendita, como dice el mensaje.

¿Usted cree que esto sirva para curar lo que varios médicos especialistas no han podido, Juan Ramón?

Mire, Raquel, yo no soy experto en herbolaria, pero lo intentaría. ¿Cómo sabe si su hijo tuvo lo que muchos llaman una revelación divina?

¿Usted cree?

Claro.

Se había hecho tarde. Raquel y yo teníamos cosas que hacer, así que me despedí, pero antes le hice saber que comentaría con unos amigos el caso de su hija y buscaría alguna solución con ellos. Pero, en tanto, recomendé que la sometiera a los baños.

Después de todo, podía ganar más de lo que pudiese perder. Me prometió aplicar los baños en cuanto su hija estuviera en casa.

Días más tarde hablé del caso con amigos sacerdotes católicos, pastores evangélicos, médicos y parasicólogos, y todos estuvieron de acuerdo en que se trataba de una posible posesión demoníaca, excepto un siquiatra, quien dijo que debía realizar varias pruebas antes de estar de acuerdo con los demás.

Quiso la casualidad que por esos días me encontrara con unos viejos amigos de la religión cristiana a quienes les comenté este caso y quienes se ofrecieron a realizar una sesión de liberación, pues desde tiempo atrás habían formado un grupo dedicado a tal efecto.

Habrían transcurrido unos cinco días, cuando a eso de las siete de la mañana recibí una llamada a mi celular. Era Raquel, quien emocionada me informó de lo que estaba sucediendo con su hija: las llagas de su cuerpo estaban desapareciendo.

No quiso decirme más y pidió que yo acudiera a constatarlo personalmente. Me alegró saber que Daniela empezaba a sanar.

¿Sería a consecuencia de los baños sugeridos por Carlitos, que según él fueron revelación de un ángel?

Horas más tarde, intrigado, me presenté en la casa y me cercioré de que las llagas del cuerpo de Daniela habían desaparecido en un cincuenta por ciento. No lo podía creer. Raquel se encontraba inmensamente feliz, igual que Daniela, a quien se le notaba un semblante diferente.

Juan Ramón, esto es un milagro —me dijo Daniela.

Dany, yo también lo considero así. Raquel, dígame, ¿qué hizo para que las llagas se desvanecieran?

Mire, después de que nos vimos la última vez, platiqué con mi tía Ángela acerca del sueño de Carlitos. Ella también insistió en que lo intentara. Conoce esas plantas y me dijo que son muy buenas. Así que fui a un mercado cercano a comprar las yerbas y fui a la iglesia por agua bendita.

A partir de ese día, todas las noches le doy sus baños a Dany. Al principio pensé que la imaginación me hacía ver que la piel de mi hija se regeneraba, pero ella también lo notó. Además, a partir de los baños comenzó a dormir más tranquila y las crisis son ahora menos frecuentes.

En efecto, el aspecto de Daniela era mucho mejor.

Juan Ramón —siguió Raquel—, estamos muy felices. Deje que los médicos vean a mi hija y tampoco lo van a creer. Y dígame, Juan Ramón, ¿usted cree que si continúo aplicándole los baños mi hija se curará definitivamente?

Es difícil responderle, Raquel. Dios quiera que así sea, pero quisiera que me diera la oportunidad de que un grupo cristiano de liberación intentara, mediante oraciones, ayudar a su hija.

Mire, Juan Ramón, no sé de qué se trata eso, pero estoy tan desesperada que acepto cualquier ayuda para que Dany esté nuevamente bien.

Le expliqué que estaba convencido de que la forma más efectiva de liberar a una persona es por medio de la oración y mencioné que el grupo tenía años de haberse formado y sus integrantes poseían experiencia en este tipo de casos. Raquel accedió y quedamos de acuerdo en que el próximo fin de semana regresaría con mis amigos.

Llegó la fecha acordada y una oncena de jóvenes dedicados a la oración y yo visitamos la casa. Recuerdo bien que era la noche de un domingo lluvioso, un toque tétrico para esa experiencia que no he podido olvidar.

Raquel nos ofreció café e hizo al grupo una reseña de lo que sucedía en ese lugar. Tomó de un mueble varios documentos con los resultados de diversos exámenes médicos y algunas placas radiológicas, mostró todo y refirió ciertos pormenores de su pesadilla.

Llegó el momento de la liberación. Darío, jefe del grupo, Raquel y yo nos dirigimos a la habitación de Daniela, mientras los demás preparaban lo necesario para llevar a cabo el ritual. Al entrar a la habitación el olor a amoniaco estaba presente.

La joven se hallaba tranquila y conversamos unos momentos con ella. Darío le explicó que llevaríamos a cabo un ritual de liberación y le pidió que estuviera tranquila y pensara únicamente en Dios, porque él la iba a ayudar a salir de la pesadilla.

Raquel le recordó a su hija que comiera. Sobre la me-sita de la computadora había un plato con arroz y otro con pollo, y ella no había probado bocado. Daniela se sentó frente a la comida dispuesta a ingerir los alimentos, mientras Darío y yo, en voz baja, hablábamos con Raquel de algunos detalles, como disponer una silla en el centro de la recamara y atar a Daniela con una sábana para que no lastimara a nadie ni se lastimara ella misma.

En ese momento, Daniela emitió una espeluznante carcajada y azotó los platos en el piso. En seguida —y eso me impresionó en alto grado— se levantó de la silla y se dirigió a nosotros, que nos encontrábamos a unos tres metros de ella. Daniela no caminaba, era como si algo o alguien la sostuviera de los hombros y ella se deslizara arrastrando la punta de las pantuflas.

Su mirada era imponente y rezumaba odio, y al hallarse cerca de nosotros dijo con voz gruesa y cavernosa:

¡Pende…! Creen que me van a sacar. Entiendan que ella es mía y me la voy a llevar, así que lárguense de aquí, pinch… entrometidos, porque los voy a matar.

En el acto ella se desplomó al suelo desmayada. Darío y yo la cargamos y la condujimos a su cama, mientras Raquel traía alcohol para reanimarla. Darío salió de la recámara para informar a sus compañeros lo que había sucedido y apresurar los preparativos de la liberación.

Yo me quedé con Daniela en la habitación, reanimándola, y más tarde la joven recuperó el sentido. En seguida el grupo entró al cuarto. Llevaban una silla de madera que colocaron al centro de la habitación y dos mujeres del grupo le indicaron a Daniela que se sentara, pues la iban a amarrar.

No sé si eran mis nervios, pero el ambiente se empezó a enrarecer. Cada uno de los presentes tenía una Biblia en mano, incluida Raquel, que me miraba con ojos de angustia. Alguien del grupo indicó a los presentes que no dejaran de orar vieran lo que vieran, escucharan lo que escucharan.

Una vez iniciado el ritual, debía que llegar a su fin, y si alguno de los presentes tenía miedo, era preferible que saliera de la habitación.

Después de un breve silencio, inició el ritual de liberación. Daniela, sujeta de pies y manos a la silla, también oraba. Todo se encontraba en aparente calma y de pronto se hizo presente un aire frío salido sólo Dios sabe de dónde.

Daniela perdió el conocimiento, pero las oraciones no cesaron. Minutos después la joven expulsó un sonoro eructo y unos alaridos que ensordecían; comenzó a forcejear con las ataduras y todo hacía suponer que se las arrancaría. En ese instante Raquel rompió en llanto y quiso acercarse a su hija; dos mujeres la sacaron de la habitación y continuamos orando.

De pronto hubo una repentina tranquilidad. Daniela ya no gritaba, sólo balbuceaba palabras que nadie entendía. De repente Daniela logró zafar no sé cómo una mano de su atadura y golpeó en el estómago a una joven integrante del grupo de oración.

Darío, un muchacho más y yo corrimos a sujetarla, pero sacando una fuerza endemoniada nos aventaba violentamente con gran facilidad cada vez que uno de nosotros se le acercaba. Mientras, la joven golpeada se reponía del tremendo golpe que le sacó el aire del estómago.

En un momento en que Darío se incorporaba después de que Daniela lo había derribado, sorpresivamente lo atrapó ella de la chamarra y lo atrajo hacia sí, queriendo morderle la cara y a la vez lanzando fuertes alaridos; de su boca escurría una baba pestilente.

Un joven de nombre Luis y yo, como pudimos, y en verdad haciendo gran esfuerzo, logramos separar a Darío, que se resistía a la agresión de Daniela. Finalmente se rompió la chamarra que traía puesta

Desesperadamente quité una sábana de la cama y con muchas dificultades logramos inmovilizar nuevamente el brazo de la muchacha. El resto del grupo no había dejado de hacer oración y Daniela, o quien estuviera dentro de ella, volteaba y nos miraba con mucho odio, bufando como un toro bravo y ocasionalmente lanzando amenazas e insultos a los presentes.

De pronto tocaron la puerta de la habitación. Era Raquel, quien muy asustada gritaba que algo le ocurría a su hijo Carlitos, quien se encontraba en la sala con ella y con su tía.

Una vez que sujetamos de nuevo a Daniela, Luis, Darío y yo corrimos a la planta baja y nos percatamos de que el niño se había desmayado. Nos miramos las caras y supusimos que el hecho tenía relación directa con lo que le pasaba a su hermana, así que lo recosté en uno de los sillones. En algún momento el niño dijo:

“Ahora, hijo, vamos a expulsar el demonio que hay en el cuerpo de Daniela”, y de nueva cuenta perdió el conocimiento.

La situación era muy confusa.

¿Sería posible que también el cuerpo del niño estuviese poseído por otro ser del mal?

No sabíamos qué pensar. Incluso Darío y Luis, con su experiencia en casos de posesión, no sabían qué responder ante aquellos hechos.

Me quedé tratando de reanimar al niño, acompañado de Raquel, mientras Darío y Luis subieron para unirse al resto del grupo, que seguía adelante con el ritual. La madre de Carlitos y la tía Angela, que hacía pasar las cuentas de un rosario y rezaba con desesperación, se veían sumamente angustiadas.

Traté de calmarlas y al mismo tiempo le daba a oler alcohol al niño, mientras mi mente abrigaba la certidumbre de que ocurrirían hechos aún más graves.

Pasaron unos diez minutos que se nos hicieron eternos. El niño no volvía en sí y seguían escuchándose los alaridos horribles que lanzaba Daniela en su cuarto.

Inesperadamente Carlitos reaccionó y comenzó a decir cosas que no comprendimos. Raquel lo abrazó al tiempo que rompía en llanto, y el niño afirmó:

Ya no llores, mami, el angelito la curó. Dany ya está bien.

Hijo, ¿por qué dices esas cosas? No me hagas esto, es suficiente con lo de Dany —le reprochó Raquel desconsolada.

Minutos más tarde, los muchachos del grupo de oración descendían por la escalera. Darío preguntó acerca del estado del niño y le indiqué que estaba consciente, pero decía cosas muy raras. Darío, entonces, se dirigió a Raquel.

Señora, bendito sea Dios, creo que su hija está liberada.

Sin decir palabra, Raquel corrió a la habitación de Daniela. En tanto, le pregunté a Carlitos cómo se sentía.

Bien, Juan Ramón.

¿Por qué dijiste que tu hermanita ya estaba bien? Y también hablaste de un ángel.

Frente a los muchachos y la tía Ángela, el niño respondió:

Primero sentí como si tuviera sueño. Luego mi amigo el ángel me dijo que me llevaría a cierto lugar para destruir algo que le hacía daño a mi hermanita. Nos fuimos volando y en el camino había muchos diablos que me querían agarrar, pero mi amigo no los dejaba.

Llegamos a una cueva muy fea y entramos. Dentro había cabezas de animales y muchas velas negras. El ángel desenterró un muñequito muy raro, lo tiró al suelo y después apareció una luz muy blanca que no me dejaba ver. El ángel se puso a platicar con esa luz y luego de la luz salió una mano y me tocó la cabeza, me dijo que era un niño bueno, que cuidara mucho a mi hermanita y que le dijera a mi mami que quemara el cuadro del payaso.

Después de un rato me trajo volando hasta aquí y desperté.

Sorprendidos por lo que el niño había dicho, guardamos silencio. Esa narración sin duda correspondía a lo que estaba ocurriendo con Daniela.

En ese instante bajó Raquel llorando, mas ahora con un semblante distinto.

Muchachos, Dios se los pague —dijo—. Creo que Dany ya está bien. Me dijo que se sentía mucho mejor, pero que estaba cansada, así que la dejé dormida.

Se dirigió entonces a Carlitos.

Hijo, ¿ya estás bien?

Me adelanté y respondí por el niño.

Sí, Raquel, Carlitos se encuentra perfectamente, pero tenemos que hablar con usted.

¿Pasa algo malo? —preguntó Raquel.

Raquel, Darío y yo salimos al patio. El jefe del grupo le explicó que al estar haciendo oración para liberar a Daniela, en un momento ella había lanzado un grito desesperado y se desvaneció.

Después de unos segundos volvió en sí y el ambiente cambió. El frío y los olores fétidos desaparecieron y al platicar con Daniela ella reaccionó de manera normal. Primero preguntó qué había pasado y después preguntó por su madre. Entonces nos despedimos de ella y bajamos.

A mi vez, le hice saber lo que su hijo había dicho y la relación tan sorprendente que habíamos encontrado en lo que le ocurrió a sus dos hijos. Dijo Raquel que seguía sin entender, pero manifestó su felicidad porque la pesadilla había terminado.

Del cuadro sólo han de quedar cenizas, pues el grupo de oración se lo llevó para quemarlo.

Fue una situación terrible y sorprendente. Todo parece indicar que Carlitos no mentía y que un ángel se comunicó con él para ayudar a su familia. Tal vez este niño tiene capacidades muy grandes, como para establecer ese contacto. Hoy, esa familia vive feliz




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domingo, 4 de noviembre de 2018

LOS HOMBRES VERDES






-A veces veo hombres verdes-

Tanto Meredith como la Doctora Flannery intercambiaron una mirada interrogante en dirección a la niña de la camilla. Mantenía la mirada fija en el suelo, las manos entrelazadas sobre los muslos y los pies balanceándose en el aire.

-¿Hombres?- Repitió la doctora, echando un vistazo a un par de hojas de papel que llevaba prendidas en la carpeta.

La niña pareció a punto de decir algo, pero sacudió la cabeza sin despegar la vista del suelo.

-No son hombres normales. Son altos, muy altos.- Se llevó la mano derecha a la altura de la cabeza y, trazando una línea imaginaria por encima de ella, añadió, bajando la voz: - Casi se chocan con el techo-

-¿Se dan con la cabeza en el techo?- Preguntó de nuevo la doctora. Meredith frunció el ceño: no entendía qué tenía de relevante aquella información.

La niña volvió a cruzar las manos sobre los muslos.

-No. Con el sombrero-.

La doctora asintió, haciendo un gesto para que continuase.

-Me miran con ojos de huevo-

-¿Ojos de huevo?- Preguntaron ahora las dos mujeres a coro.

La niña estiró sus párpados, imitando los ojos de los hombres verdes. Después continuó, sin soltar sus párpados.

-Nunca se mueven ni hacen nada. Pero, cada noche...-hizo una pausa y, cuando volvió a hablar, lo hizo susurrando- cada noche que los veo están un paso más cerca de mi cama.

La doctora Flannery hizo a la madre de la muchacha acompañarle fuera de la sala

-Está sana.-explicó- Se trata tan sólo de su imaginación. De todos modos, voy a recetarle unas pastillas para dormir.

-¿No afectarán a su rendimiento escolar?-protestó Meredith.

-Puedo recetarle otras con el efecto contrario, para que se las dé con el desayuno. Pero no sobrepase la dosis de una pastilla diaria.

Unas horas más tarde, madre e hija regresaron al caserón en que vivían. Cuando llegó la noche y ambas se encontraban en la habitación de la niña, la mujer le tendió una diminuta pastilla de color azul y un vaso de agua.

-Tómatela, te ayudará a dormir.-explicó- Ahora te traeré un vaso de leche.

-¿Dormir?-repitió la niña, muy flojito. No quería dormir, no con aquellos bichos verdes allí.

Con un poco de remordimiento, lanzó la pastillita azul debajo de la cama y se bebió el agua de un trago.

Esa misma noche se la pasó oculta bajo las sábanas de florecillas, acechando por entre los pliegues a los hombres verdes, parados frente a la peluda alfombra rosa a los pies de su cama. Vistos más de cerca, descubrió que no había nada más en sus rostros ovalados que sus ojos de huevo.

A la mañana siguiente, la niña se levantó agotada: no había dormido nada en toda la noche, asustada por la presencia de los hombres. Meredith, confundiendo su cansancio con el efecto de las pastillas, le obligó a tomarse una pastilla blanca y alargada entera, en lugar de tomarse tan sólo una mitad como solía hacer con pastillas tan grandes. Trató de escabullirse como la noche anterior, pero esta vez su madre estuvo atenta a que se la tomase. En cuanto la niña obedeció y tragó la pastilla, se encontró cara a cara con un hombre verde, acechándola con sus ojos de huevo a través de uno de los ventanucos de la cocina.

Dio un chillido, pero no respondió a las preguntas de su madre al respecto. Se echó la mochila al hombro y salió de la casa. En cuanto lo hizo, descubrió a los hombres verdes esperando al lado de las escaleras. Cerró los ojos con fuerza y siguió andando en línea recta: el autobús esperaba.

Estuvo a punto de tropezarse un par de veces, pero entró. Y encontró a los hombres verdes junto al conductor, aunque él no parecía reparar en ellos. Tomó asiento y esperó a llegar al colegio sin despegarles los ojos de encima.

Salió del autobús deprisa y entró en clase, agazapándose en su pupitre. Afortunadamente, los hombres verdes no habían llegado hasta allí. Tomó una bocanada de aire y atendió la lección de plástica.

-Ahora tendréis que representar el paisaje que veis por la ventana, usando vuestra propia percepción del mundo que os rodea.-explicó la profesora, haciendo un gesto teatral con las manos abarcando su alrededor.

La niña echó un vistazo por la ventana. Efectivamente, los tres hombres verdes se encontraban taponando su visión, unos metros más adelante.

Se retorció en su asiento y negó a obedecer. Sin embargo, terminó cediendo a la regañina de su profesora y, temblando, extrajo la pintura verde de su estuche. Cuando terminó, la clase estaba a punto de acabar y ella estaba tan asustada que sentía ganas de vomitar. No sabía el qué, pero algo en aquellos hombres verdes le hacía sentir miedo.

Sonó el timbre del recreo, pero se negó rotundamente a salir del edificio y encontrarse con ellos de nuevo. En vez de eso, entró en la biblioteca y buscó algún libro para distraerse. Lo encontró, en una de las estanterías más elevadas. Se titulaba: Guía para combatir los monstruos de debajo de la cama.

Se puso de puntillas, pero aun así no lo alcanzaba, así que movió una de las sillas y se encaramó a ella, alzando los brazos hacia su salvación. Sin embargo, en cuanto retiró el volumen de su correspondiente hueco, un ojo enorme y ovalado apareció al otro lado. La niña cayó de la silla con un gemido lastimero y echó a correr hacia el cuarto de baño como alma que lleva el diablo.

Se encerró en uno de los cubículos echando candado y pestillo y comenzó a leer, pese a que temblaba tanto que el libro amenazaba con resbalarse de sus manos. Allí decía que la única manera de que aquellos monstruos no saliesen durante la noche era mantener la luz encendida, ya que pensarían que aún era de día y permanecerían dormidos. La niña se preguntó si aquello sería aplicable a sus hombres verdes, ya que también la seguían de día, pero siguió leyendo.

No escuchó nada mientras leía, pero cuando alzó la cabeza en un momento determinado de su lectura, vio varios pares de piernas verdes por la parte de debajo de la puerta, muy muy cerca. Cerró los ojos y, apretando el libro con fuerza contra su pecho, lloró en silencio hasta que escuchó abrirse la puerta del baño, varias horas después.

Cuando recuperó del todo la noción del tiempo, estaba de nuevo en casa con su madre. Le dolía la cabeza y escocían los ojos.

Su madre le había preguntado varias veces por la pastilla de anoche tras recibir quejas de otros profesores y, finalmente, la niña había confesado. Ahora, se estaba tomando la pastillita bajo la atenta mirada de su progenitora.

Aquella noche, ya no vio hombres verdes.

Esa misma noche, ya de madrugada, Meredith se despertó por un ruido extraño. Se acercó a la habitación de su hija, pero lo vio todo en orden. Sin embargo, advirtió que la niña se había dormido con la luz encendida.

Se acercó a ella, sonrió, le dio un beso en la frente, e, incapaz de ver los hombres verdes que esperaban a tan sólo un paso de su cama, apagó la luz.

La mañana siguiente, encontró a su hija totalmente inmóvil sobre su cama. Respiraba y le latía el corazón, pero esos eran los únicos signos de vida que le quedaban.

Sin embargo, algo que intrigó a los médicos, aparte de el rictus de horror que atravesaba su rostro y su estado comatoso, fueron sus pupilas, totalmente verdes.


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sábado, 3 de noviembre de 2018

POR FAVOR ABRE LA PUERTA





Han pasado tres años desde aquella noche.

Yo no debí haber estado ahí, ellos lo sabían. Ese día salí muy temprano a la casa de un amigo, sus padres no estarían y tenía un nuevo videojuego de terror; pasaríamos toda la noche jugando.

Ellos lo sabían, yo no debí haber estado ahí esa noche, mi amigo debió estar solo. Ellos lo habían observado por días como hacen siempre y sabían que esa noche estaría solo. Desde el momento en que lo eligieron, no había marcha atrás.

Pero tal vez quieras saber quiénes son ellos. Bueno, la verdad... aún no estoy seguro, sigo sin asimilar lo que pasó aquella noche; pero te contaré lo que hasta ahora sé, para que tengas cuidado.

Ellos se encuentran en todas partes, en ningún lugar estás exento de ser su víctima. Eligen a una persona, no sé bien cómo o en qué características se basan, pero una vez que te eligen no cambiarán de opinión: te vigilan, te estudian y estudian a todas las personas que conoces. Día tras día te observan cuidadosamente sin que tú te percates de su presencia.

Y esperan la noche en que su víctima esté sola, es en ese momento cuando todo empieza.

Aquel día llegué alrededor de las 8:00 p.m. a su casa. Sus padres habían salido desde temprano y él había preparado todo lo necesario para pasar jugando toda la noche. Al día siguiente no habría clases, así que yo regresaría a mi casa por la mañana. Pasamos un buen rato jugando, el tiempo pasó tan pronto que cuando nos dimos cuenta ya era la una de la madrugada. Nos habíamos llevado algunos sustos con el juego, así que comenzamos a hacer bromas con la situación; ahí fue cuando todo se puso raro. Empezamos a escuchar ruidos extraños afuera de la habitación, que al principio pensábamos que no era nada importante, e hicimos algunos chistes en relación a lo que jugábamos. «Deben ser los zombis», nosotros sólo reíamos. Pero nos comenzamos a poner tensos cuando el sonido se oía más claro: eran pisadas, se escuchaban pisadas por todo el pasillo de afuera.

-¿Crees que tus padres hayan regresado? -le pregunté, a lo que él respondió que sus padres regresarían hasta el día siguiente, por la tarde. Además, el número de pasos que se escuchaban eran demasiados como para ser sólo sus padres.

De pronto, luego de oír todos esos pasos acercándose cada vez más a la puerta, hubo un profundo silencio.

-¿Hay alguien afuera?... ¿Quién está ahí? -comenzamos a preguntar, nerviosos. Estábamos seguros de que había alguien afuera, pero esos sonidos... ¿quién podría ser? En la habitación en la que estábamos había una computadora que mi amigo había encendido desde que comenzamos a jugar, era una costumbre suya. Se escuchó un sonido que provenía de ella, un sonido familiar, pero que por el miedo que teníamos en ese momento nos provocó una reacción de sobresalto a ambos. Era sólo un correo electrónico que le había llegado, pues también había dejado la ventana de su correo abierta. Ver esto nos dio algo de sosiego, y hasta reímos un poco; sin embargo, la tensión volvió a nosotros al notar que la dirección de quien lo enviaba era irreconocible, una combinación aleatoria de números y letras. Dudamos abrirlo, pero mi amigo decidió hacerlo. Quedamos completamente paralizados tras leer lo que decía el correo:

«Pase lo que pase, no abras la puerta».

Con tan sólo leer esas palabras, una sensación completamente rara invadió mi corazón. En ese momento realmente sentía pánico, pero el mensaje decía más.

«Ellos están afuera. Por favor, hagas lo que hagas, escuches lo que escuches, no abras la puerta. Intentarán convencerte de que lo hagas, tienen muchos métodos; pueden fingir ser alguien que conoces, un familiar, un amigo, y sus voces sonarán igual. Tal vez te pidan ayuda, te dirán que están lastimados, te suplicarán que abras la puerta. Pero escuches lo que escuches esta noche, no abras. Trata de ignorarlos, trata de dormir, mañana todo estará bien. Ellos jugarán con tu mente; no lo permitas. Por favor, créeme, ¡no abras la puerta!».

Cuando terminamos de leer yo no sabía qué pensar. Tal vez era una broma tonta de alguien, tal vez incluso era mi amigo quien me jugaba una broma... pero él tenia esa expresión, estaba tan asustado como yo, lo pude sentir. Ahora sabíamos que había alguien ahí afuera, tras la puerta. De pronto, llegó el momento más aterrador que nos pudimos esperar; en ese instante un escalofrió recorrió todo mi cuerpo y me dejó paralizado. Una voz se escuchó, provenía de atrás de la puerta. Mi amigo estaba seguro y yo lo puedo corroborar: la voz era la de su madre.

-Hijo por favor ábreme, tu padre y yo tuvimos un accidente en el auto, estamos muy lastimados... por favor, abre, ayúdanos. -Al escuchar esto mi amigo sólo retrocedió un paso. Aún puedo recordar esa expresión en su rostro, estaba en shock. Estoy seguro de que ninguno de los dos lo creíamos ni sabíamos qué hacer.

-Hijo por favor, abre, ¿qué esperas? Necesitamos tu ayuda... -Sin lugar a dudas, ésa era la voz de su padre. Eran las voces moribundas de sus padres tras la puerta, clamando por ayuda. Mi amigo y yo permanecimos sin reacción por algunos segundos, después él se volteó lentamente, y me dijo:

-Esos realmente son mis padres. Necesitan ayuda, abriré la puerta.

Se propuso dirigirse hacia la puerta, pero lo detuve.

-Recuerda el correo, lo que nos dijo que pasaría, ¿no se te hace extraño?, ¿qué tal si es verdad y ellos no son tus padres? -Él lo único que hizo fue hacer que lo soltara. «No digas tonterías», me dijo. «Tú los escuchaste, ésas eran las voces de mis padres. El correo debe de ser una estúpida coincidencia». Se dirigió a la puerta sin que pudiera hacer nada.

La verdad, no sé qué me hizo hacerlo, pudo ser el miedo que me invadía... pero al verlo dirigirse a la puerta, lo único que pensé fue correr hacia el armario en donde mi amigo guardaba algunas de sus cosas y esconderme ahí. No sabía lo que pasaría, pero en verdad tenía miedo.

Lo que escuché a continuación aún no lo olvido, y hasta el día de hoy tengo pesadillas con ello. Él abrió la puerta, y después sólo pude escuchar sus gritos. Eran unos gritos desgarrantes, llenos de dolor y terror; yo no pude hacer nada más que permanecer inmóvil, hasta que después de unas horas me quedé dormido.

Al despertar por la mañana, me extrañó ver el lugar en que me encontraba, y luego lo recordé todo. Salí del armario y en la habitación no había nadie. Noté de inmediato que ya era de día y que la puerta estaba abierta, así que decidí salir. Busqué por toda la casa esperando encontrarlo y que me dijera que todo había sido una broma, pero mi amigo no estaba. En la tarde llegaron sus padres y les conté lo sucedido, llamaron a la policía y lo buscaron por días, pero él nunca apareció. El correo que le había llegado esa noche también desapareció, y para ser honesto creo que nadie creyó nada de lo que les había contado.+

Aunque... no importa que nadie me creyera, yo sé lo que pasó esa noche y sé que ellos estaban ahí afuera. También sé que no debí haber estado ahí, que no debería saber que ellos existen.

Aún no sé por qué lo hacen, creo que sólo tratan de divertirse con las personas, con su pánico... alguna especie de juego. Cada día lo analizo y trato de aprender más de ellos; sé que sólo llegan en la noche y que pueden imitar cualquier voz, que si no abres la puerta se irán y también creo que siempre recibirás ese extraño mensaje de advertencia, debe ser parte de su macabro juego.

No debí estar ahí ese día, y no debería saber que ellos existen. Sé que algún día regresaran por mí, pero pase lo que pase, no abriré la puerta.




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jueves, 30 de agosto de 2018

20 HISTORIAS DE TERROR CONTADAS EN DOS FRASES

20 HISTORIAS DE TERROR CONTADAS EN DOS FRASES












~1~

Una cara sonriente me está espiando desde la oscuridad, detrás de la ventana de mi dormitorio.
Vivo en un noveno piso.

~2~


Al crecer con gatos y perros me acostumbré al sonido de los arañazos en la puerta de mi habitación mientras dormía.
Ahora que vivo solo es mucho más inquietante.

~3~


“No puedo dormir”, susurró ella mientras entraba en la cama conmigo.
Desperté con frío, abrazando el vestido con el que fue sepultada.

~4~


Mi hijo me despertó en la madrugada, “papá, hay un monstruo debajo de mi cama”.
Fui a mirar y allí no había nada, entonces escuché a mi hijo con voz temblorosa: “papá, hay un monstruo sobre mi cama”

~5~


No puedo moverme, respirar, hablar u oír, y está muy oscuro todo el rato.
Si supiera que esto era la soledad, habría preferido la incineración.


~6~


Mi hermana no deja de llorar y gritar en mitad de la noche.
Visito su tumba y le digo que pare, pero no me hace caso.

~7~


Algo horrible te sigue a todas partes.
Mira a la izquierda, a la derecha, a tus pies, en el vestíbulo, debajo de la cama… pero nunca mires arriba, odia que le miren a los ojos.

~8~


Llegas a tu casa, cansado, después de un duro día de trabajo y todas las luces están apagadas.
Alcanzas con tu mano el interruptor de luz, pero ya hay otra mano ahí.

~9~


Beso a mi esposa y mi hija antes de irme a dormir.
Cuando me despierto, estoy en una habitación acolchada y las enfermeras me dicen que fue sólo un sueño.

~10~


Tú te despiertas.
Ella no.

~11~


Nunca antes había visto a una niña llorar tan desconsoladamente.

Y menos aún en un hospital abandonado.

~12~


Cuando estás completamente solo, escucharás un sonido suave y espeluznante.
Cuando dejes de escucharlo, sabrás que “eso” te ha encontrado.

~13~


Mi hermana dice que mamá la mató.
Mamá dice que yo no tengo ninguna hermana.
~14~


Tengo una noticia buena y otra mala.
La buena es que pronto estaremos muertos.

~15~ 


Todas las noches a las 3 de la mañana mi casa empieza a oler a azufre y me despierto.
Podría volver a dormirme si esa sombra del rincón dejara de mirarme.

~16~


Anoche tardé mucho en dormirme por culpa de las tétrica mirada del hombre de aquel cuadro.
Esta mañana me percaté de que no era un cuadro, sino una ventana.


~17~


Me desperté al escuchar como alguien llamaba al cristal de la ventana.
Al principio pensé que era la ventana, hasta que volvieron a llamar desde el espejo.


~18~


Después de llevar tantos años viviendo solo en una casa tan grande, llegué a una sorprendente conclusión:
Siempre cerraba muchas más puertas de las que abría.

~19~


Ayer mis padres me dijeron que era demasiado mayor para un amigo imaginario y que tenía que acabar con él.
Encontraron su cuerpo esta mañana.


~20~


Esta mañana encontré en mi móvil una foto mía durmiendo.
Vivo solo.

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sábado, 4 de agosto de 2018

EL MUERTO VINO DE VISITA






"La parálisis del sueño es algo que me sucede desde los 14,por lo general solo era la sensación de no poderme mover y estar consciente al respecto.

Una de tantas veces pude escuchar como alguien entró a mi cuarto y comenzó a abrazarme hasta lastimarme la espalda. Me asusté mucho porque eso no era "normal" dentro de lo que ya me había pasado antes. Empecé a tratar de soltarme pero mientras lo intentaba sentía como, lo que sea que estaba ahí, se enojaba y me gruñía. Cuando al fin pude moverme, sentí un escalofrío en todo mi cuerpo y me dolía muchísimo la espalda. Aún tengo parálisis del sueño y no he tenido una experiencia igual a esa, sigo tratando de entender qué sucedió esa ocasión..."


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lunes, 9 de julio de 2018

LAS GOTAS DE UN SECRETO



Era un sábado caluroso, cuando me quedé sola en casa de los abuelos, pasamos a recogerlos para llegar todos juntos al partido de mi hermano, pero al final no pude acompañarlos, porque estaba sintiéndome mal a causa de la elevada temperatura y mamá no quiso arriesgarme a pasar casi dos horas sufriendo el clima.

Me sentaron frente a la tv, encendieron el clima artificial y me acercaron decenas de bebidas frías, prometiendo volver lo antes posible y dándome indicaciones de llamarlos si algo no iba bien, como si fuese aun una niña pequeña. Pues bueno, mis planes no eran esos, mi cabeza estaba cerca de reventar, solo quería recostarme con el menor ruido posible, así que la apagué de inmediato y me recosté en el suelo, que era el lugar más fresco.

Apenas estaba por cerrar los ojos, cuando la tv se encendió en un canal lleno de estática. Fui a apagarla, y la radio se prendió a mis espaldas haciéndome saltar. Sonaba una canción antigua y deprimente, cantada por una voz grave y entrecortada que me erizaba la piel. Pero tuve que soportar un poco más aquel tormento, pues el ruido de un portazo me puso en alerta, sabía que no era alguien de mi familia, ya que no se acostumbraba entrar por ahí, además se suponía que yo estaba sola en la casa.

Al llegar al acceso trasero unas huellas lodosas, me sacaron de mi ignorancia, en realidad, ¡no estaba sola!, y lo más raro es que solo un par de pisadas estaban a la vista, no pude si quiera imaginarme que rumbo había tomado mi repentino acompañante. Así que como toda buena persona llena de pánico, fui a protegerme de cualquier calamidad ocultándome bajo la cama y desde ahi llamar a mis padres. Pero el teléfono no tenía señal, igual si la hubiese tenido, era ya tarde, ese —Squishhh, squishhh— anunciaba unas pisadas húmedas acercándose y en ese momento, el ruido de mis dientes al chocar me delató. La cama se hundió por encima de mi cabeza, como si alguien se hubiese sentado en ella, pero no pude ver nada. Sin embargo supe que estaba ahí, porque escuchaba su respiración agitada.

Después el grito seco de una mujer, y el violento movimiento de la cama, para que luego todo quedara en calma… aun así, no me atrevía a salir, ni mi cuerpo estaba listo para hacerlo, seguía rígido tendido sobre el suelo, ni siquiera podía percibir el dolor que me producía morder mi dedo para callar mis gritos.
Reaccioné solamente cuando sentí la humedad en mi pecho, y tuve miedo de haberme desangrado. Aunque tenía un poco de rojo sobre mi mano, aquel líquido viscoso no me pertenecía solo a mí, sino que escurría a través del colchón. Ese fue el punto máximo que pude soportar, y perdí la conciencia.
Al despertar, toda mi familia me rodeaba, habían atendido la herida de mi dedo, y me hacían miles de preguntas. Confesar la verdad, solo provocó que me enviaran con el psiquiatra, me etiquetaron como persona peligrosa, esquizofrénica, capaz de herirme a mí misma. Hasta que descubrieron la terrible historia: mi difunto tío, había asesinado ahí a una jovencita, y la escena se repetía una y otra vez para tortura de mis abuelos, quienes lo callaron todo por amor a su hijo.

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El ático del pánico: EL PEQUEÑO ZOMBIE

El ático del pánico: EL PEQUEÑO ZOMBIE : A Marcos le encantaban las películas de miedo, de vampiros y de zombies. Por eso, un año dec...